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Carmen Franco, deja usted un gran vacío, señora. Por Jaime Alonso

07 de enero de 2018 -
2:34 min.

Sostenía Erasmo de Rotterdam con respecto a Tomas Moro, el elogio mas certero y profundo que puede predicarse de un congénere al que se conoce y admira: “era un hombre para todas las horas”, cuyo significado hay que contemplarlo en la amplitud y profundidad del ser humano, capaz de brillar en cualquier circunstancia y lugar, en cualquier ambiente social o político, cultural o cotidiano; y en todas las circunstancias sin perder su identidad, compostura e ideas, sin disimular sus convicciones, sin aceptar imposturas en aras de la conveniencia. Insobornable. Ese resulta mi parcial, por razones de afecto, valoración de los cinco años que pude tratar personalmente a la Excma. Duquesa de Franco, para todos nosotros Dña. Carmen “una mujer para todas las horas”.

 

Nadie como los nietos para identificarse y sentir las transmisiones axiológicas de sus abuelos y palpitar el vacío que su desaparición les deja. Uno de ellos me transmitió emocionado que “siempre será mi segunda madre, uno de mis pilares y mi ejemplo a seguir. Bondadosa, te encantaba viajar y descubrir otros lugares y culturas; con una gran memoria y siempre informada de todo, compartías con tus nietos la naturaleza y el futbol, Selección Española o Real Madrid. Le impresionaba, al nieto, el señorío de su conducta: Su saber estar, elegancia, integridad, serenidad, alegría, paciencia, sinceridad, fortaleza y su apertura de mente”. Mayor tesoro que el cariño de quienes la trataron y la admiración de quienes compartieron su vida, no cabe. El mejor legado al mundo donde hoy está.

 

Su amor a la familia, a la Fundación que defiende el legado de su padre, a las amistades que cultivó, marcaban su anhelo vital. Quien desde los diez años contempló la historia de su país en primera persona, en tribuna de honor, acumula en su retina, en su conciencia y hasta en su memoria un inagotable caudal de las grandezas y miserias humanas. Jamás hizo uso partidista de ello, ni le escuché reproche peyorativo o descalificación hiriente de nadie. Se limitaba a escuchar, sonreír o encogerse de hombros con un “bueno, así es la vida, y el ser humano”. La intensidad de las tribulaciones a las que se vio sometida en los últimos treinta y cinco años y el modo de asumirlas, denotan la grandeza de su alma, la fortaleza de su carácter, la profundidad de sus convicciones.

 

Vivió a la manera victoriana de Kipling, considerando como a dos impostores el éxito y el fracaso; tratando de igual modo, la suerte que al infortunio, a reyes que a plebeyos, a ricos que a pobres. Soñó, sin que los sueños la dominaran; pensó, sin que los pensamientos absorbieran su conducta; perdió, en un día, lo ganado en ciento, sin un gesto, ni un suspiro; vio la obra de su vida destrozada y, sin decir palabra, la volvió a comenzar. Ello, la hacia diferente, y los reyes, los dioses paganos, la suerte y la fortuna estaban a sus pies, y lo mas importante, era excepcional y realmente: una mujer. Una mujer que deja un vacío existencial en todo su entorno.

 

Desde el lugar en que se encuentre, excelentísima señora, deseo interceda para que la verdad resplandezca en la historia reciente de España; para que cese la pedagogía de la mentira y el discurso del odio; para que los monárquicos, incluido Ussía, reconozcan que ellos nunca habrían conseguido, después del 14 de Abril de 1931, traer y menos conservar la actual Monarquía que estabiliza la nación y cohesiona la política española; para que los dirigentes políticos admitan sin complejos la magnitud de la obra de Francisco Franco; para que el pueblo español despierte de la anestesia educacional y mediática, reconociendo al estadista español que le trajo la modernidad, la vertebración, el progreso y los cimientos de la civilización occidental, en la coyuntura mas difícil que tuvo España en su historia. Sic transit gloria mundi.

 

 

Jaime Alonso

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