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Defensa de Millán Astray. Por Guillermo Rocafort

11 de agosto de 2017 -
3:12 min.

En las últimas décadas estamos asistiendo a una escalada de ataques verbales a la figura del Fundador de La Legión.

Debemos reconocer que se ha convertido en una especie de “pelele histórico”, el “pim pam pum” ante el cual cualquier escritor o político es capaz sin ruborizarse de realizar las más injustas de las comparaciones.

El último de ellos ha sido el poeta Eduardo Jordá, que lo ha comparado con Txapote, el asesino de Miguel Angel Blanco, o la Fiscalía provincial de Madrid, que ha llegado al extremo de usar Wikipedia para desacreditar su figura (obviando que esa misma Wikipedia dice que la Fiscalía es un ente politizado), o el Alcalde de Valencia Joan Ribó, que lo ha definido como el más sanguinario de los guerreros de la Guerra Civil, cuando Millán Astray no tuvo ningún mando militar en dicho conflicto, o cuando el sindicato CSIF de Tráfico alude a su figura para atacar a la Patronal del Sector, o cuando desde las columnas de El País se aplica una política de “tierra quemada” contra su persona, o la Alcaldesa de Madrid, cuando se empeña bordeando La Ley en quitar la calle que lleva su nombre en la Capital desde 1924.

Pero más doloroso que lo anterior es constatar que los llamados a ejercer la defensa de su gigantesca Obra son los que guardan silencio ante semejante linchamiento histórico.

Algo malo pasa en nuestra Patria cuando se lleva a cabo una campaña sistemática de “quema de brujas” contra los Héroes de nuestra Nación y aun son más llamativos los elocuentes silencios que los más furibundos ataques.

Algo malo pasa en nuestra Patria cuando se lleva a cabo una campaña sistemática de “quema de brujas” contra los Héroes de nuestra Nación y aun son más llamativos los elocuentes silencios que los más furibundos ataques.

 

La Ley de la Memoria Histórica es una losa para nuestro futuro; es imposible avanzar cuando se fomenta legislativamente el maniqueísmo sobre nuestro Pasado.

Sobre nosotros se ha cernido un sistema de Apartheid histórico donde los llamados a defendernos son precisamente los guardianes en este campo de concentración cultural donde todos los días y a todas las horas hay un nuevo “auto de fe” inquisitivo contra nuestro Pasado, una quema de libros contra todo lo que significa Honor en nuestra Historia.

El General Millán Astray es un personaje sin duda controvertido; despierta enardecidas adhesiones o rechazos absolutos, pero la mejor manera de aproximarse a su figura es mediante el estudio ecuánime y racional de su vida y circunstancias.

Con 17 años luchó en Filipinas heroicamente por su Nación, fundó en 1920 La Legión Española, la mejor unidad militar de España y de la OTAN, sufrió cuatro mutilaciones en su cuerpo en actos de combate y fundó a coste cero el Cuerpo de Mutilados por la Patria.

Es quizá el último gran Hidalgo de la Historia de España, comparable a figuras como el Cid Campeador o Viriato, un hombre que al estilo de Garcilaso de la Vega, Miguel de Cervantes o Luis de Camoes supo combinar a la perfección las Letras con las Armas; hablaba varios idiomas, tradujo libros al español como el Bushido, sus estudios de tratados castrenses son analizados en múltiples Academias Militares, recibió la “Legión de Honor” de la República Francesa, gracias a sus conocimientos de topografía fijó las lindes fronterizas entre España y Francia, pero sobre todo fundó la Legión Española, unidad militar donde decenas de miles de españoles hemos forjado nuestro espíritu a semejanza de nuestro Fundador.

Por eso no comulgamos ni con los ataques y menos con los silencios, y por eso recomendamos efusivamente a los españoles que se acercan a él con altura de miras, no cayendo en el exabrupto fácil sino partiendo de la base de como se decía al comienzo de la película Braveheart, “la Historia la escriben los que cuelgan a los Héroes”.

Pero de toda esa vida, lo que más nos emociona es su aspecto social, su ayuda a los más necesitados, de ver cómo fue capaz de convertir a anarquistas pistoleros en fervientes patriotas, de cómo salvó la vida a intelectuales de la talla de Diego San José, o cómo paró las sacas de presos republicanos en Salamanca en los primeros días de la guerra, de cómo le querían los pobres de Madrid en especial en el Barrio de Vallecas, porque Millán Astray nunca estuvo en actitud servil ante los poderosos sino que supo que su lugar estaba entre los despreciados por la Sociedad.

Y finalmente cómo se elevó a su muerte de la categoría de General de División a la de Legionario como se puede observar en su lápida, demostrando que su afán fue ser siempre el último en esta ingrata vida.

¿Cabe mayor Grandeza y Patriotismo?

 

Guillermo Rocafort es Veterano Legionario y profesor de la Universidad de Comillas

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