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Marea humana. Por Luys Coleto

16 de abril de 2018 -
3:13 min.

Ai Wei Wei, disidente de la ignominia comunista/capitalista china, cultiva en su interminable y tedioso film, Marea humana, plurales y fusionados estilemas: un faquirismo buenista agotador y suicida, una ramplona paranoia igualitaria, un desatinado juicio sobre la gratitud y el desamparo, un nomadismo sentimentaloide y corrosivo, aparte de una superficialidad pavorosa, sin entrar jamás en el tuétano del asunto, en su afiladísima y árida complejidad. Dadaísmo falsamente político, casi nada de esta película, dilatada como un via crucis, llegar a resultar atrayente. Chapuza cubista, Ai Wei Wei, cual chusco liróforo (véase su cocinar de kebabs), nos ofrece porno sentimental, parapolítica emocional, majaderías difusamente esteticistas de escasa enjundia y aprovechamiento exiguo. En definitiva, un opúsculo/panfletillo cinematográfico errabundo y achacoso, vindicador de la funesta (y quimérica) heterogeneidad globalizadora, del nocivo multiculturalismo, que transforma un presunto “sueño solidario” en un nuevo peldaño más dentro de la paulatina escalada histórica hacia el solipsismo narcisista.

 

Recorriendo medio mundo, confunde perversamente la venerable hospitalidad (Gen 18, 1-3) con los fenómenos contemporáneos de inmigración masiva. Mediante planos aéreos, sorprendentes por momentos gracias a los drones, nos ofrece simplicísimas pinceladas de los campos de refugiados de medio mundo. Desde Afganistán hasta México pasando Bangladesh, Irak, Kenia, Gaza o México, además de mezclar asuntos de muy disímiles etiologías, en ningún momento nos recuerda Ai Wei Wei que hace más de veinticinco años nuestras elites enloquecidas (nacionales y extranjeras), estatales y capitalistas, comenzaron a pergeñar un designio poco honorable. Se trataba, al fin y a la postre, de la llegada descontrolada de millones de inmigrantes a toda Europa con dos objetivos palmarios: modificar/desfigurar de manera absoluta e irrevocable la demografía de nuestro ya irreconocible continente y poseer una mano de obra esclava. En nuestra patria lo vivimos con pavoroso escalofrío: un empleo de calidad infecta y una burbuja inmobiliaria que lógicamente acabó estallando.

 

Lo que lastimosa y algo arteramente fotografía el director chino es otra parte más, sin ser él consciente mínimamente, de este maléfico plan. Tras los masivos procesos migratorios, se provocó una nueva oleada mediante los penosamente denominados “refugiados”. Crisis artificiales como consecuencia de guerras tan falseadas como distorsionadas (Siria). El tumor buenista impregna toda la narración de nuestro director. Utilizando profusas citas (muy sesgadas, obviamente) del New York Times, Die Zeit o Newsweek se va subrayando el flujo de información a medida que Ai Wei Wei y sus equipos técnicos mariposean con sus cámaras, olvidando flagrantemente que es necesario (imprescindible casi) la necesidad de acoger la diversidad, pero esto no puede ser algo desmedido, pues nos guiaría irrevocablemente a la destrucción y el desvanecimiento de nuestra sociedad. La antigua Europa cristiana (hoy zombi) acogía elementos de novedad que contribuían aportando su riqueza. Una saludable migración nos inoculaba el antídoto contra perniciosas y enfermizas endogamias patrioteras. Nada de ello se colige hogaño. Nos atraviesa un quiste buenista que deviene metástasis, huyendo del mundo real y palpable (todo lo contrario de lo que observamos en las sobresalientes The visitor o la húngara White god). No se puede simplemente abrir la puerta, como si esto fuese una perpetua jarana verbenera. Tal vez deberían enfatizarse los costes económicos, humanos y culturales de la inmigración. Pero, tozuda la realidad, como la propia naturaleza, ambas se acabarán vengando. Todo lo reprimido y escamoteado reaparecerá de manera brutal y descarnada (piensen en el salvajismo homicida de Lavapiés de los pasados días como antesala de nuestro merecido infierno). Cuando este barnicillo repelente de bienestar y prosperidad comience a agrietarse inexorablemente, las cosas reventarán por todos los costados. Solo la muerte de la humanidad puede acabar con este turbocapitalismo (que es por principio un estado de guerra permanente, una lucha perenne que nunca tendrá fin) que tanto se beneficia de las miserias y falsedades humanas.

 

Al menos, nos quedan los cuadrúpedos. Los momentos más bellos de la historia acontecen con animales, con esas hermosas y “pobres almas mudas” (Miguel Hernández), esos misteriosos compañeros de viaje en esa extraña aventura que llamamos vivir (Manuel Alcántara). Un fastuoso tigre deambulando por Gaza, el hermosísimo gato Tabuesh y una bella vaca salerosa caminando lozana por Mosul (antigua Nínive: recuerden al profeta Jonás). Viendo el mamotreto fílmico de nuestro director, el suplicio de Tántalo atraviesa nuestro caletre: lo que tienes no lo tienes ya y lo que poseas lo perderás. El cristianismo permitía rechazar la ideología liberal/estatista en nombre de la encíclica Rerum Novarum de León XIII. El mercado (jamás, por desgracia, libre) necesitado de la inmigración intensiva y de las guerras que la provocan, se encarga de proscribir y pulverizar la buena noticia del Evangelio, aboliendo todo vínculo que no sea pecuniario. Pero cuando todo parece perdido, resuena estrepitoso Aresti, el mejor poeta vasco del siglo pasado. Ni hilen naiz/nire arima galduko da/nire askazia galduko da,/baina nire aitaren etxeak/iraunen duzutik (Me moriré,/se perderá mi alma,/se perderá mi prole,/pero la casa de mi padre/seguirá en pie). De nácar.

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Luys Coleto

Nacido en Bilbao, vive en Madrid, tierra de todos los transterrados de España. Escaqueado de la existencia, el periodismo, amor de juventud, representa para él lo contrario a las hodiernas hordas de amanuenses poseídos por el miedo y la ideología. Amante, también, de disquisiciones teológicas y filosóficas diversas, pluma y la espada le sirven para mitigar, entre otros menesteres, dentro de lo que cabe, la gramsciana y apabullante hegemonía cultural de los socialismos liberticidas, de derechas y de izquierdas.

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