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San Isidro: un santo de cine. Por Luys Coleto

15 de mayo de 2018 -
2:45 min.

Dirigida con mano maestro por Rafael J. Salvia, San Isidro, el labrador (1964) se erige como una de las tantas desconocidas obras magníficas del cine español. Con guión de hierro de Jaime García Herranz y unos sutiles apuntes musicales pergeñados por el gran Salvador Ruiz de Luna, San Isidro, el labrador nos narra con candor y grandeza (valga el oxímoron) la vida y milagros de este buen hombre ( canonizado posteriormente) que celebramos en la Villa y Corte el 15 de mayo.

Principiando la historia en Magerit (Madrid: Mayrit, en su forma árabe), nos encontramos a un hombre justo. Rodeado de palomas, pájaros y patos. Y por simpáticos jamelgos, pequeños, peludos y suaves, todo algodón. Y por toda una fauna por la que Isidro siente verdadero respeto, cuando no auténtica veneración. Isidro todo- fauna incluida- se lo debe a la Providencia. Llega a afirmar que “no hubo nada que no fuera sino lo que Dios quiso”. Modesto en todos sus gestos, toda la narración magníficamente subrayada por una fotografía en blanco y negro exquisita, este santo, que ulteriormente moró en la sierra norte madrileña, Torrelaguna para más señas, no gustaba de hacerse fama, “sino solo lo que a Dios atañe”.

Hábil y de buen talento, dado a la limosna (Mt 6, 1-4), muy tendente a orar mientras está trabajando, también se duele ante todo tipo de injusticias sufridas. Una de las afrentas que lleva con peor plante es la del desprecio de la tierra. Posee la certeza de que “los que desprecian la tierra, irán a ella y la recibirán fría”. Su yugo es suave y su carga ligera (Mt 11, 30). Quien lo probó lo sabe, como afirma Lope en impecable soneto Desmayarse, atreverse, estar furioso. Quien mejor llega a asir semejante certidumbre es Tomaso, el descreído. Denostado por la chusma populachera, denominándole mala hierba e hijo de bruja, Isidro sabe que Tomaso es un hombre con hambre. Pero con hambre de todo, una gazuza no solo material, sino también espiritual. La relación entre ambos deviene uno de cúlmenes de la película. Isidro está al corriente, asombroso pespunte metafísico, de que hay que buscar al Altísimo “en la Nada, porque en la Nada también está Dios”.

 

Y aparece María Toribia…

María Toribia o Santa María de la Cabeza. Moza a la que “nadie aventajaba en prudencia y recato”. Se casan y se juran amor eterno. Y, poco después, llega el churumbel, Juanito. Aunque Isidro era piadoso y devoto, su esposa no iba por detrás a este respecto, ni tampoco en cuanto a cabal aplicación en las labores del campo, todo lo cual hizo -según la leyenda- que conquistaran la predilección del Eterno, que los favoreció con su auxilio innumerables veces, como cuando amparó milagrosamente a su hijo que había caído en un inescrutable pozo o cuando permitió a María pasar a pie sobre el río Jarama y así librarse de las atroces calumnias de infidelidad que contra ella lanzaban las gentes, “dragones malos, muy malos”, puro veneno de la plebe, solo defendido el honor de ambos por su leal amigo Juan Abad. Y por Dios, obviamente.

 

La película posee momentos excelsos, como los dos antedichos. El ritmo fílmico es muy ajustado. Nos relata vivaz y detenidamente el vagar de Isidro (Madrid, Talamanca, Torreleguna).Y su posterior regreso a Madrid, entrando a trabajar como jornalero agricultor al servicio de Juan de Vargas (la resurrección de la hija de éste, casi yermando otros instantes iluminadores, a la manera de la hija de Jairo, Lc 8, 40-56, es uno de los mejores momentos de la historia del cine español).

El film, en definitiva, es un honesto y pudoroso himno a la fe, al sagrado vínculo conyugal y, sobre todo, a la amistad, aquella superior que no se basa en el placer ni en la utilidad como bien nos explicó Aristóteles en su Ética a Nicómaco. Una de las necesidades perentorias de la vida, amistades realmente íntimas y profundas, placenteras y favorecedoras, pero esto no sería lo más importante, según el estagirita. Estas amistades no tienen explicación, como todo lo verdaderamente bueno y meritorio, existen por sí mismas, sin fines ni intereses posteriores.

 

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Luys Coleto

Nacido en Bilbao, vive en Madrid, tierra de todos los transterrados de España. Escaqueado de la existencia, el periodismo, amor de juventud, representa para él lo contrario a las hodiernas hordas de amanuenses poseídos por el miedo y la ideología. Amante, también, de disquisiciones teológicas y filosóficas diversas, pluma y la espada le sirven para mitigar, entre otros menesteres, dentro de lo que cabe, la gramsciana y apabullante hegemonía cultural de los socialismos liberticidas, de derechas y de izquierdas.

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